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Freddy Gómez Cajape, (1952) poeta y educador ecuatoriano. Ha publicado De Frederías y otros poemas (1984) Desde un lugar de tu cuerpo (2002). Ha sido antologado en Perspectivas del taller de poesía del Manhattan Community College, y en Soles Emellis,
Taller Racata II. Obtuvo la Medalla de Plata en los Juegos Florales auspiciados por el Ateneo Puertorriqueño de Nueva York y el Taller Literario de City College of New York (1977 y 1978). Posee una Maestría en Literatura Hispanoamericana.
Sus poemas y narrativa han aparecido en revistas literarias de Argentina, España y los Estados Unidos donde reside.
Gómez Cajape, se inscribe, en una tradición de poesía amorosa, erótica, que recuerda a Neruda y Vallejo, y en la que la palabra misma, enamorada, se convierte en carne estremecida, en sangre hirviente y fecundante.

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AFUERA ESTA NEVANDO

El cielo es un almohadón desplumado.
Angeles extraviados calcan sus alas
en la escarcha prístina del silencio.
Calle abajo, el hilo alevoso del hambre
se ovilla en los rostros de los desamparados
que hacen fila en el soup kitchen.
Freak out hustlers & blended barbies
convergen alrededor de una fogata.
Mendigos y drag queens de nalgas respingonas
se disputan un territorio de afelpada esperanza.
Una anciana desmadeja la lana marchita del hastío.
Un jornalero pasa con su pala al hombro
amolado, sin chamba, se larga mucho a la chingada.
¿En qué recodo de fantasmal blancura
hundirá hasta la rodilla los recuerdos entumecidos?
-en tanto yo- miro nevar desde la ventana
sorbiendo la pesadumbre glacial de las horas.
¿Hasta cuándo será blanca la bandera de la nostalgia?
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Freddy Gómez Cajape, poeta ecuatoriano. Autor de
Desde un lugar de tu cuerpo (2002). Reside en Nueva York
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CRONICAS DEL METRO
Freddy Gomez Cajape

Mientras que los ejecutivos de la MTA (Metropolitan Transportation Authority) viajan en la comodidad de sus limosinas con chofer pagado por los contribuyentes, los usuarios del tren viajamos como sardinas en lata, rozando el aliento del prójimo que se aproxima con su descomunal humanidad y su inseparable equipaje de mochilas y maletines. Si por casualidad encontramos un asiento disponible, y con equilibrio felino logramos sentarnos, quedamos como sandwich entre un par de señoras de robustas proporciones y ocupando doble espacio.

Viajar en los trenes de Nueva York es una aventura solo comparable  a un thriller de bestseller. La incesante marea de 4.5 millones de pasajeros atestiguan a diario un caleidoscopio de  historias inverosímiles y surrealistas. En el tren pululan como miasmas esperpénticos personajes como el sicópata que se pasea al borde de la plataforma con la siniestra intención de empujar a alguien o de tirarse a las  rieles de subterráneo; el mendigo que se hace pasar por ciego, los músicos ambulantes que con rústicos instrumentos interpretan desde música andina hasta una sinfonía de Beethoven; los contorsionistas y bailarines de break-dance, el predicador evangélico que oferta una parcela en el cielo, el vendedor a ritmo de rap anunciando pilas y toca CD; el recaudador de fondos para Sociedades de Beneficencia Anónimas, el borracho que despierta de un largo letargo vomitando blasfemias, el sátiro de mirada omnívora destilando morbo en las faldas de las adolescentes, el farandulero indiferente enchufado en sus audifonos, el lector impávido que cubre su rostro con un periódico  apacigua su hastío leyendo anuncios de Barnes& Noble punto.com y su “poesía en movimiento.

Podiamos suponer los pensamientos de aquellos que cierran los ojos porque urgen momentos de nostalgia: el sobreviviente del holocausto, el desplazado por la narco-guerrilla, el cibaeño que llegó en yola, el carnal que cruzó a pie el desierto de Arizonaa, el ex líder insurgente que huyó de los escuadrones de la muerte, el ñaño del alma que abandonó su amado terruño porque tiene siete guaguas que mantener, el exiliado político que relee las cartas que le llegan de “la cintura cósmica del sur”, el obrero de los talleres de sudor con sus cartas de despido en los bolsillos, la empleadita de tienda que sueña ser estrella de cine como en el poema de Ernesto Cardenal. En fin, un crisol de razas y culturas que convergen en el tren que se pierde por la columna vertebral de cada mañana.


De Desde Un Lugar De Tu Cuerpo

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AZABACHE

Desperté sobresaltado. Había confundido la voz de Azabache con la del locutor del radio despertador. Azabache acostumbraba sentarse en la puerta de los bares para escuchar la transmisión radial del juego de su equipo favorito, el “ídolo del astillero.” Imitando a la perfección a Ecuador Martinez, el padre de los narradores deportivos, nos narraba las incidencias del partido doblando como comentarista y locutor comercial. ¡Cómo nos divertíamos cuando parodiaba los comerciales de moda! “Señora, si quiere que le entre todo, todito, hasta los huevos... cómprense una refrigeradora Phillip.” “Señora, pongase en cuatro... horas volando de Guayaquil a Miami por Ecuatoriana.”
Azabache era el mejor alero izquierdo, y el más rápido forward central, posiciones que alternaba de acuerdo a nuestras conveniencias. Se le iluminaban los ojos cuando veía a la número cinco rodar por la grama. Era el rey de las cascaritas. Hacía filigranas con el balón. Dominaba la pelota con la cabeza, la peinaba, la paraba con el pecho, la dormía con el empeine, la subía a la rodilla, de taquito la pasaba al hombro, la regresaba al pie izquierdo, y por veinte minutos hacia cascaritas sin dejarla caer al piso.
           Cuando organizábamos un partido jugaba con el primero que lo escogiera. No tenía preferencias, lo suyo era hacer goles que celebraba dando volteretas. Para que nosotros también anotaramos, nos servía la pelota en bandeja, lo único que teníamos que hacer era empujarla al arco. Concluido el juego desaparecía de la cancha, regresaba a seguir repartiendo agua por todo el pueblo.
        A los dieciséis años integró la selección de mayores. Debutó ante un equipo de segunda división de la ciudad de los Reales Tamarindos. En este partido calzó sus primeras zapatillas deportivas. No podía correr. El público gritaba: “saquen a ese negro vago, seguro que esta mariguanado”. En un descuido del árbitro se quitó los botines, con la pelota pegada a los pies se corrió por el ala izquierda, dribló a dos defensores, hizo una gambeta de lujo, y disparó desde un ángulo difícil para convertir un gol olímpico. Ante las protestas de los jugadores del equipo contrario el árbitro decidió que el gol era válido. No había reglamento que prohibiera jugar sin zapatos. De palomita anotó el segundo gol que selló la victoria de la selección de la Prosperina. Al concluir el juego, corrimos a felicitarlo, pero había desaparecido. Si algún cazador de talentos lo hubiera visto jugar, seguro que lo contrataba.
        Años después, me enteré que lo encarcelaron por un crimen que nunca cometió. Hubo un robo en un almacén, en la fuga los ladrones regaron aceite en el piso y dejaron las huellas de un pie descalzo. Azabache era el único en el pueblo que no usaba zapatos. Las huellas coincidieron con su talla. El número trece que nunco usó. Se confesó culpable para que no siguieran rompiéndole los huesos. Lo soltaron después de seis meses. La policía por casualidad descubrió una pista que los condujo al arresto de los culpables del robo. Ni siquiera le dieron una disculpa.  Qué importaba un negro aguatero!
       Nunca volvió a ser el mismo. Un día lo encontraron frente a la pileta del mercado central. Caminaba en círculos y  hablaba incoherencias. Los médicos diagnosticaron que había perdido la memoria. Desde entonces mendiga en las calles. Nadie se acuerda del adolescente que pudo haber sido estrella del balompié.5/9/06

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FUTBOL Y LITERATURA

Freddy Gómez Cajape

El proceso eliminatorio rumbo a la Copa Mundial de Fútbol Alemania 2006, me ha motivado a meditar sobre éstas dos pasiones del ser humano: fútbol y literatura, y sus puntos de convergencia. Así como los escritores dan a conocer la cultura de sus respectivos países a través de sus obras, los futbolistan hacen vivir la emoción del gol a miliones de gargantas alrededor del mundo. Tanto el fútbol como la literatura requieren de una sensibilidad especial para apreciar su arte, su belleza, y ambos plasman la historia de la humanidad.
Desde la antiguedad ha existido una relación entre deporte y literatura. En el prólogo a Hinchas y goles: el fútbol como personaje, Poli Delano nos dice que “el poeta griego Pindaro cantó a los atletas hace dos mil quinientos años en sus Epinicios ( o cantos a la palestra deportiva); también celebran el deporte Virgilio y Homero.” Esta relación  se acentua a partir del siglo XX, cuando los juegos deportivos alcanzan un mayor auge de popularidad. En Francia, Henri de Montherlant publica en 1918 su novela futbolística Los once de la puerta dorada. En Estados Unidos escritores como Jack London, O’Henry, Ring Lardner, Hemingway, entre otros, abordan en cuentos y novelas temas relacionados con el boxeo, el béisbol y la pesca.
En América Latina escritores de la talla de Cortázar, Mario Bendetti, Vargas Llosa, Fernando Alegría, para citar algunos, incluyen en sus obras(ensayo y narrativa) el tema del fútbol. Para Mario Benedetti, “el fútbol es el único deporte decididamente universal”, y para Eduardo Galeano, el fútbol es “la única religión que no tiene ateos”, y afirma que “el gol es el orgasmo del fútbol.”
El fútbol como deporte institucionalizado desde el siglo XIX, tiene su historia ancestral como nos dice Poli Delano: “El fútbol se deriva probablemente de remotos juegos tribales que tal vez daban cuenta de la rivalidad entre diferentes clanes. Se practicó sistematicamente en todas las culturas de la antiguedad, y se sabe que en la Inglaterra medieval fue un deporte peligroso y violento que muchas veces la ley intentó proscribir, en ocasiones estimulando otros mas gentiles, como el tiro al arco.”
Pienso que la atracción que ejercen los deportes en general, y el fútbol en particular, sobre los escritores es la pasión y la belleza, esa “secreta ternura de arte que encierra.” Para muestra el libro que ya cité: Hinchas y goles: el fútbol como personaje, antología de cuentos que reune a autores de seis países. Para estos narradores el personaje principal es el fútbol con sus ritos y pasiones: el fervor de la multitud, la gloria del triunfo y la agonía de la derrota; sin fallar los temas eternos como el amor, la soledad, la pobreza, y la búsqueda o pérdida de la libertad. El hilo de la imaginación va ensartando conmovedoras historias en las que vemos rodar la de trapo o la de cuero, en los potreros, en las calles del barrio o en los grandes escenarios como el Centenario, el estadio de Boca o de River.
Roberto Arlt (Argentina) en “ayer vi ganar a los argentinos”, un cuento que se acerca mas al ensayo periodístico, define al hincha como “un admirador gratuito. El hincha es un admirador desinteresado que no necesita conocer a su admirador para discutir sobre él y para armar peloteras en el café.” Florencio Escardo, también argentino, nos dice que: “El hincha es un estado psicológico de la hora actual. Está representado por el hombre que actua de acuerdo a una sentimenalidad aceptada. Es el ser que ejerce una conducta religiosa(...) desde el punto de su actitud práctica, es una mezcla de mujer celosa y de jugadora de truco. Solo él ama y comprende.” En Abril, en Río, en 1970, de Rubén Fonseca (Brasil) aparece el tema de los celos y el mito de tener sexo antes de un partido. Ze, el protagonista, se niega a tener sexo con su novia porque tiene que “estar en forma.” Un caza talento lo va a observar para hacerle una prueba. Ze juega mal, su equipo pierde, y nadie lo invita a entrenar con el Madureira. Abandona el estadio desilusionado, “sin querer volver, sin saber a donde ir.” (p. 55) Y En el último minuto, de Sergio Sant’Ana (Brasil) cuando el equipo necesita solo un empate para ganar el campeonato, el arquero se siente culpable, y recurre al video para repetir en cámara lenta una y otra vez el gol de la derrota. “Tengo la pelota segura en los brazos y el pecho. Se resbala y se desliza despacito, llorando adentro del arco.” (p.59)
El chileno Ramón Diaz Esterovic, en La revancha, utiliza el personaje de ‘el Natalino” Vera para humillar a los milicos que habian secuestrado a su padre. En  Cuando me gustaba el fútbol, de Raul Perez Torres (Ecuador) un niño trata de olvidar su desolación y tristeza jugando al fútbol, “en la cancha me olvidaba de todo y le daba duro a la pelota más que ninguno.” (p.94)
El mexicano Guillermo Samperio, en Lenin en el fútbol, lleva al mundo del fútbol las luchas sindicales. Un ex futbolista trata de crear un sindicato de deportistas para que los “mercachifles” del deporte no exploten al futbolista y no lo abandonen a su suerte cuando llegue a viejo. El líder termina en la cárcel, solo le queda “un dinerito ahorrado: La mitad se va para la fianza y la otra para una taquería o quizás para un restorán.” (p.103)
Mario Bendetti, en Puntero izquierdo, enfoca el tema de la corrupción. El doctor Urruia propietario de un equipo le promete al puntero izquierdo un pase al Everton a cambio de que falle los goles y su equipo pierda la final. Pero cuando el entrenador le grita con furia que tiene mocos en la cabeza, le toca su orgullo propio, se olvida del pacto, y convierte el gol de la victoria. Los hombres de Urritia lo golpean y lo mandan al hospital, además pierde su trabajo. “En la fábrica ya le dijeron a la vieja que ni sueñe que me va esperar.” (p.110)
En “La fama es puro cuento” de Milton Fornaro (Uruguay) un campeón olímpico regresa a su propia tumba. “Se cumplía el primer aniversario de su fallecimiento, y esperaba que quienes fueron sus amigos se reunieran ante su tumba para recordarlo.” En Vuelta a las canchas” de Elbio Rodriguez (Uruguay) un ex presidiario regresa al estadio y tiene que vencer el horror a verse “en medio de la multitud” y recuerda los goles que registró su memoria, “como uno de esos momentos culminantes en los que el juego se transforma en pura poesía.”
Finalmente, en Una tarde con Pelé, un prisionero recuerda el día que vio jugar a Pelé, mientras sus torturadores juegan a las cartas y escuchan en la radio un partido de fútbol.

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Una experiencia poética en el exilio neoyorquino
Freddy Gómez Cajape

Escribir poesía en español desde esta desoladora ciudad ha sido para mi una experiencia cautizadora. Mi encuentro con la palabra y la toma de conciencia del significado de la ecuatorianidad se dan al mismo tiempo. Como muchos inmigrantes, cuando llegué a este país, me sentía desarraigado, transplantado a una tierra fría y extraña.
Un caluroso verano, allá por los años 70, en una pequeña sucursal de la Biblioteca Pública en el barrio Latino, encontré un oasis de paz en medio del bullicio de la urbe neoyorquina. Los libros fueron el refugio para mi soledad. A los 17 años leía mi primer libro. Julio Verne, Cervantes, Alejandro Dumas, entre otros, fueron mis primeros autores. Juan León Mera, Jorge Icaza, Pedro Jorge Vera, Jorge Enrique Adoum, Humberto Salvador y Carrera Andrade, fueron una revelación y despertaron mi interés por conocer todo lo referente a Ecuador: su cultura y su literatura. Paradójicamente, nuestro deseo de difundir y dar a conocer la literatura ecuatoriana en el exterior no es recíproco. Quienes escribimos desde el exilio somos marginados por las corrientes y tradiciones literarias; somos invisibles para la crítica ecuatoriana, o simplemente no saben que existimos.
La ciudad de Nueva York ha tenido una importancia vital en mi obra. Mi poesía se nutre de las experiencias y vivencias acumuladas a través de mis 32 años de vida en Nueva York. En Frederias y Otros Poemas (1984)  la mayoría de los poemas revelan el mundo interior desolado del poeta que se mueve en el ambiente viciado, materialista, cruel y prosaico de la ciudad. El tono es cáustico, cínico y desesperanzado, como corresponde al grito de protesta lanzado por un desarraigado que se palpa la concienca en un intento desesperado por rescatar, de entre tanta podredumbre, su condición de hombre.
El Ecuador siempre ha estado presente en mi obra; los rascacielos de Manhattan se entremezclan con el campo manabita. El doctor Jaime Montesino, al referirse a mi obra dice: “Entre la frase entrecortada que empalma bien con las experiencias difíciles, jadeantes de su niñez y juventud  vividas de prisa, aparece la visión asombrada (y asombrante) de un poeta que se hace en medio de las vivencias de un Ecuador mestizo y un Nueva York apabullante.”
El poeta ecuayorquino se desenvuelve dentro de una sociedad bicultural que enriquece su cultura. La mezcla de elementos cotidianos de una ciudad como Nueva York (el metro, las calles, neumáticos, autopistas) con elementos de la nauraleza (mazorcas, tamales, colibri, peces, árboles) contribuyen a la fuerza expresiva y magia del misterio, de lo que esta más allá de las palabras...
Después de un prolongado silencio en el 2002 aparece mi segundo libro: Desde un lugar de tu cuerpo, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Manabí. Este poemario representa un doble regreso; un regreso a la poesía tradicional, y un regreso a través de los elementos de la naturaleza a la infancia y a los recuerdos. Atrás quedó la rebeldía, el inconformismo de los años 70 para dar un paso a una poesía “tradicional”, la se siempre. Mi propósito es revestir al idioma con cuerpo femenino, con elementos de la naturaleza y los recuerdos que se acumulan como el polvo. Ahora mi mayor preocupación no es el mensaje o lo que tenga que decir, sino cómo lo digo. A través de los recuerdos de mi padre (en un viaje de ida y vuelta de la urbe neoyorquina al campo manabita) he regresado a mis raíces , a mi infancia y a la nostalgia del “paraíso perdido.” Desde un lugar de tu cuerpo es el resultado de una concienzuda relectura tratando de asimilar lo más que podía de los poetas españoles e hispanoamericanos, desde la generación del 98 y el Modernismo hasta la época actual. Mi mayor influencia han sido García Lorca, Vallejo y Neruda (en esa orden). El que más me duele es Vallejo; a Neruda le debo los pájaros, los peces y el desbordante aliento erótico; a García Lorca, la imagen sorprendente y la metáfora audaz. Según Petronio Rafael Cevallos, “este nuevo libro es la prueba de la maduración artística del poeta, quien experimenta con nuevas opciones expresivas palsmadas en poesía amatoria de estimable cuño.”
Finalmenete, quiero expresar que mi poesía es un acto de suma expresividad, sintetizada al máximo en metáforas e imágenes visuales. Poesía que nace de la necesidad de expresar lo inefable.

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EL  REY DE LA ROCKOLA

                               A Julio Jaramillo (1935-1978)

                           Freddy Gómez Cajape

Cuando Julio nació se consolidó la simpatía.
Con embrujo de guitarra y aguardiente de caña
En la música popular encontró su destino.

Su voz  aquietando el temblor de la guitarra
agita en la cotidianidad de los puertos
El lenguaje de los pañuelos*.

Sus canciones como un sueño fugaz
Cruzan la pavorosa noche  del olvido
Y  vierten su savia en los buques fantasmas
Que zarpan de las aguas errantes de la memoria.

El azul de una vaga lejania
Ilumina la desmesura del retorno.
Con vítores y aplausos el pueblo guayaquileño
Copó las calles para recibir a su juglar porteño.

Unos dijeron que había perdido la voz
Otros que cantaba mejor que nunca.
Lo cierto fue que el licor bendito
Y las insumisas horas de pasion
Habían deteriorado su salud.

Negros crespones anegaron
La nefasta noche de febrero.
Jota Jota, ídolo del pueblo,
Barro de la raza, acababa
De fallecer. Había nacido el mito.



*Letras del cancionero de Julio Jaramillo